MI PRIMER DÍA. MI PRIMER KIMONO



Empezamos esta primera colaboración con una reflexión enviada por el maestro, 5º dan, Renshide Nihon Jujutsu Goshinjutsu Daniel Aviñón Antúnez, Director Regional de Seibukan Budo Valladolid, sobre su emotivo primer día en clase de artes marciales y los primeros recuerdos que le evocan las mismas.


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MI PRIMER DÍA. MI PRIMER KIMONO

Ya han pasado cincuenta años desde que por primera vez pisé el tatami de Judo del cole.


Sí, aquel día de nerviosismo e ilusión entremezclados por estrenar el “kimono” de color beige que entonces se vendían.


Y ese delgaducho de seis años que se tropezaba por la largura del pantalón allí estaba, preparado, para aprender a luchar como los agentes de las pelis de la tele.


El retrato del Maestro fundador, el saludo, el profesor, los compañeros, el olor a novedad, pues éramos un montón de diminutos Judokas con “kimono” nuevo, comenzando  el camino como un juego pero rodeados de un gran respeto: no se gritaba, no se hablaba y tan solo se obedecía aunque jugábamos entrenando.


Bien es cierto que en aquella época existían argumentos de peso: los capones del Padre Enrique...que nos hacían pensar dos veces el hacer alguna de las nuestras…


Echo de menos aquellos años y aquella ilusión…los capones no, desde luego.


El Judo infantil llenó casi cinco años de mi vida hasta cambiar de colegio y siempre serán tan entrañables como  mi  primer día, mi primer “kimono”. Más tarde habría  otros descubriendo el Jiu Jitsu con mi segundo profesor de Judo pues los viernes nos enseñaba técnicas de Defensa Personal hablándonos de la gran responsabilidad que entrañaba aprender a defenderse y el código moral que rodeaba al Judo y su aplicación. El Karatedo, el Kobudo y el Aikido fueron los siguientes escalones en un caminar que resultaba ser un continuo primer día con no ya un primer “kimono” pero sí con nuevas ilusiones.


Tuve excelentes profesores cada uno con sus características. Pude aprender técnicamente de ellos, ser comprendido por la gran afición que tenía y la fantasía de mi gran pasión por la lectura. Eso hacía de mí un curioso budoka.


De naturaleza enfermiza las Artes Marciales me dieron más seguridad en mí mismo y algo más de fortaleza aunque con los fríos de Valladolid...continuaba cogiéndome unas gripes y faringitis de aúpa.


Mis posaderas recuerdan la cantidad de inyecciones con las que los practicantes de aquellos años, cual banderilla en mano, remataban su faena viniendo hacia mí, sin escapatoria. No conocía  técnica alguna que me librase de aquello: Farmapen, Biosazol, Zepacilína...que dolorosos recuerdos.


La vuelta al tatami o al parqué era una pequeña fiesta de bienvenida tras las bromas a mi costa por estar “siempre malo”.


Pero yo seguía con las mismas ganas y daba rienda suelta a mis propias aventuras.


Imaginaba que era el pequeño ayudante del rey de los Detectives: “Sherlock Holmes”, experto en Jiu Jitsu. Incluso compañero de investigación del detective “Canon” que a pesar de su complexión, siempre mostraba con la rapidez del rayo, técnicas de Judo y Aikido en sus telefilmes.


Mi padre, Juan, mi gran amigo siempre me comprendió y escuchó viendo juntos todos esos programas y series que tanto nos gustaban: “El Santo”, “El Agente de Zipol”, “Los Vengadores”, “Patrulla 4”, “El Hombre del Maletín”.


El Karatedo y el Kobudo, fueron todo un descubrimiento y el toque militar de sus Kata me hacían sentir realmente importante y cuánto me impresionó el espíritu del profesor al que le faltaban varios dedos de una mano y no por ello dejaba de ser terriblemente eficaz.


Yo en casa no dejaba de dar golpes al aíre, manejar dos riestras de salchichón unidas como si de un Nunchaku se tratase y gritaba ¡Kiai“en voz baja”…, curioso pero cierto. La zapatilla era un arma doméstica que bien  podía aparecer en cualquier momento siendo las madres verdaderas expertas en su manejo.


El Aikido que apenas se conocía por aquel entonces y menos en mi ciudad, se convirtió en toda una novedad. Un compañero de clase me dijo… " ¡Dani, hay Samuráis dando clase en el gimnasio! ". Y nos apuntamos siendo los dos únicos chavalillos del grupo cuidando el profesor muy bien de nosotros y explicándonos despacio cada movimiento. Siendo monaguillo repetía los Tai Sabaki en la sacristía de la iglesia del barrio imaginándome que el hábito era un Hakama. En el mismo gimnasio setentero pudimos practicar: Judo, Karatedo y Aikido por una módica cuota tres días por semana; había que ahorrar y comprar: “La Revista de las Artes Marciales”, las chuches,  los tebeos y los sobres de soldaditos.


Los viernes eran especiales antes de ir a los Scouts a tocar la guitarra: clases de Judo y Jiu Jitsu defensa personal de las que hablaba antes y que el profesor nos daba con tanta solemnidad; un Judo antiguo que no olvidaré.

 

¡Aaaah!  mí primer día, mí primer kimono, cuantos recuerdos que visitan mi memoria y más en estos tiempos tan extremos que nos está tocando vivir pero que haciendo balance me hacen llegar a la conclusión de que para todos debe ser importante mantener esa perspectiva: un primer día, un primer “kimono”. Como carga de energía, de luz, de ánimo que alumbre nuestro camino a pesar de verlo muy oscuro en ocasiones, merece la pena.


Este es mi testimonio de ilusión, trozos de niñez, pedazos de vida…mi primer día, mi primer “kimono”.





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