Entrevista a Minoru Mochizuki Sensei - nº 55 de Aiki News



Entrevista a Minoru Mochizuki Sensei, realizada por Stanley Pranin para Aiki News en el Yoseikan Dojo de Shizuoka el 22 de noviembre de 1982. Publicada posteriormente en el nº 55 de Aiki News en 1983 y reeditada digitalmente por Aikido Journal. Traducción y adaptación: Ricardo Sanz Orús.


Aiki News: Mochizuki Sensei, creo que el primer arte marcial que estudió fue judo.


Mochizuki Sensei: Sí, así es. Empecé el año anterior a entrar en la escuela primaria. Sin embargo, cuando estaba en quinto curso nos mudamos y tuve que dejar el entrenamiento. Al otro lado de la calle y una casa más arriba del nuevo domicilio había un dojo de kendo, así que empecé a practicar allí. Después, en la escuela secundaria, retomé el judo y lo he practicado desde entonces. Sentía que quería convertirme en un especialista en judo, por lo que fui al Kodokan (la sede mundial del judo). Sin embargo, el año anterior había ingresado en el dojo de uno de los profesores del Kodokan llamado Tokusanbo. En aquellos días, en los círculos de judo se decía: «Para la técnica está Mifune, pero el demonio del Kodokan es Tokusanbo». Era realmente un maestro poderoso y temible. Su dojo estaba situado en un lugar llamado Komatsugawa. En aquella época yo vivía con mi hermana, cuya casa estaba cerca de allí. Entrené durante unos seis meses antes de volver a mudarme y posteriormente ingresé en el Kodokan para convertirme en judokaEntré en el dojo de Tokusanbo sensei en 1924. 


Por entonces, muy cerca de la casa de mi hermana vivía un maestro de un antiguo estilo de jujutsu llamado Gyokushin ryu. Su nombre era Sanjuro Oshima. Este maestro estaba realmente entristecido al ver cómo los estilos clásicos de jujutsu iban desapareciendo uno tras otro y estaba decidido a asegurarse de que su propio arte sobreviviera. Hasta tal punto llegaba su determinación que me pidió que aprendiera con él. Yo iba a su casa y me ofrecían una excelente comida. No tenía que pagar ninguna cuota de estudio y, de hecho, me daban de cenar. Así fue como llegué a estudiar jujutsu.


¿Recibió algún tipo de graduación en ese arte?


Después de unos seis meses recibí una licencia llamada Shoden Kirishi Mokuroku, aproximadamente equivalente a un cinturón negro primer dan de judo. Aquello puso fin a mi relación con ese maestro, pero hasta hoy sigo recordando sus palabras:


«El nombre de nuestra tradición es Gyokushin ryu. El nombre está escrito con caracteres que significan “espíritu esférico”. Una pelota rueda libremente. No importa desde qué lado la empujen, rodará alejándose. Precisamente ese tipo de espíritu es el verdadero espíritu que Gyokushin ryu busca inculcar en sus miembros. Si has logrado eso, nada en este mundo podrá alterarte».


En aquel tiempo yo todavía era un niño y no entendía muy bien lo que quería decir. Simplemente imaginaba un corazón o un espíritu rodando de un lado para otro. No fue hasta que pasé de los cincuenta años cuando llegué a comprender realmente lo que significaba el «espíritu esférico de Gyokushin». Si no dedicas cincuenta años a ello, no podrás entenderlo. Lo había olvidado durante muchos años.


¿Qué otras artes marciales practicó?


También practiqué kendo. He olvidado el nombre de mi maestro, pero no creo que olvide jamás las cosas que decía. Una vez me dijo:


«Cuando tenía trece años participé en la famosa Batalla de Ueno. ¡Mírate! Tienes doce años, ¿verdad? ¿Cómo esperas poder levantar tu espada el año que viene siendo tan débil como eres


Ese era el tipo de maestro que tenía en kendoAsí que, mientras estudiaba judo con el «demonio» Tokusanbo, también practicaba jujutsu Gyokushin-ryu. Este sistema utilizaba muchas técnicas de sacrificio y otras muy similares a las del aikido.


Después, en 1926, ingresé en el Kodokan en mayo y en junio fui promovido oficialmente a cinturón negro primer dan. Esto ocurrió porque, antes de eso, cada vez que participaba en una competición derrotaba a los cinturones negros que se enfrentaban a mí. Creo que ya tenía nivel de cinturón negro mucho antes de recibir la graduación. Por eso fui promovido a segundo dan en enero siguiente, apenas medio año después. Al año siguiente me concedieron el tercer dan. Supongo que ya era aproximadamente tan fuerte como la mayoría de los terceros danes cuando todavía ostentaba el segundo dan. Después de todo, llevaba practicando judo desde antes de entrar en la escuela primaria.


¿Cómo era el entrenamiento de judo en el Kodokan?


Por aquella época, una de mis hermanas vivía en la localidad de Tsurumi, en la prefectura de Kanagawa, y también tuvo la amabilidad de dejarme vivir con ella. Todos los días tomaba el tren hasta el Kodokan, en Tokio, para entrenar. Entonces llegaron las sesiones especiales de entrenamiento invernal llamadas kangeiko. Debíamos entrenar todas las mañanas comenzando a las cuatro de la madrugada, y esto debía continuar durante un mes entero. Por supuesto, no había trenes funcionando a esa hora tan temprana, así que la única opción era ir caminando hasta el dojo. Había bastante distancia desde la casa de Tsurumi hasta el Kodokan, por lo que tenía que salir a medianoche para llegar a tiempo. Allí iba yo avanzando por la antigua carretera Tokaido con mis pesadas sandalias de madera. Conforme me acercaba al Kodokan empezaba a encontrarme con otros practicantes, con sus cinturones negros colgados al hombro, dirigiéndose diligentemente desde distintos lugares hacia el dojo


Algunos iban delante de mí y probablemente llegarían antes. Pero yo llevaba caminando desde medianoche y no estaba dispuesto a dejar que me adelantaran, así que empezaba a correr. Cuando ellos me veían correr, también comenzaban a hacerlo. De todos modos, terminé caminando y corriendo todo el trayecto y, cuando llegaba al Kodokan, estaba empapado en sudor. Allí había un pequeño pozo, pero la superficie siempre estaba congelada. Rompía el hielo y me echaba agua por todo el cuerpo, de la cabeza a los pies, y luego corría al dojo para entrenar. Pues bien, un día, cuando llegué al pozo, mi cubo habitual había desaparecido. Alguien debía habérselo llevado a otro lugar. No tenía tiempo para buscarlo o llegaría tarde al inicio de la clase, así que simplemente me lancé dentro del pozo durante unos segundos. Cuando intenté salir, sentí que alguien me ayudaba tirando de mi mano. Me giré para agradecerle la ayuda y, ¿quién creen que era?: ¡Nada menos que Mifune Sensei!


Me quedé completamente desconcertado y me puse rígido. Después de todo, acababa de salir del agua helada. Finalmente logré darle los buenos días. Sensei me miró fijamente a la cara.


—¿Qué demonios estás haciendo? —me preguntó.


Le respondí tímidamente que me estaba enjuagando con el agua. Quizá Sensei sintió lástima por mí, porque me dio una pequeña toalla y me dijo que me secara. Después me preguntó por qué me echaba agua tan fría. Le expliqué que cada día tenía que caminar desde Tsurumi.


Entonces Mifune Sensei me dijo:


—Esta noche puedes venir a mi casa. ¡Idiota, vas a arruinar tu salud de esta manera!


Desde aquel día me quedé a vivir en casa de Mifune Sensei. En esencia, me convertí en una de las personas que mantenía a su cargo. Por aquel entonces había cientos de estudiantes que vivían gracias a su ayuda para aprender judo, aunque, por supuesto, Sensei no podía alojarlos a todos en su propia casa. Cuando llegué, ya tenía tres personas viviendo con él. Me indicaron una habitación de apenas tres tatamis y allí ya vivían otros dos hombres. ¡Y eran enormes! Apenas había espacio para extender mi futón, así que lo único que podía hacer era acostarme entre ellos y dormir. La verdad es que estaba bastante caliente porque tenía encima las mantas de los otros dos hombres, pero durante la noche, cuando alguno se movía, arrastraba su manta hacia un lado u otro. Una y otra vez me despertaba de frío.


¿Qué tipo de relación tuvo con Mifune sensei?


Durante el día, Sensei solía contarnos historias sobre diversas artes marciales. Aquello fue especialmente valioso para mí. Realmente aprendí qué era el judoDesde antiguo se decía que un alumno que solamente acudía al dojo a entrenar y luego regresaba a casa jamás podía recibir una licencia completa. En otras palabras, nunca podría obtener un menkyo kaiden, una certificación de maestro transmisor de la tradición.


Los alumnos externos venían durante las horas de práctica y luego regresaban a sus hogares. Los uchideshi, en cambio, permanecían junto al maestro las veinticuatro horas del día y podían escuchar todas las historias y enseñanzas que este transmitía. Aprendí muchísimo de esa manera. Llegas a comprender la idea espiritual que hay detrás del arte.


Esta historia trata sobre Kano sensei.


Entre sus discípulos más cercanos había un hombre excelente llamado Okabe. Era extremadamente inteligente además de ser un judoka muy fuerte. Sin embargo, el señor Okabe insistía en que el judo era un deporte.


—¡Si el judo no es un deporte, no es nada! —afirmaba.


Ahora bien, Kano Sensei apreciaba profundamente a este alumno, pero él mismo sentía con igual intensidad que el judo no debía convertirse en un deporte. Como saben, en los países occidentales existen iglesias especializadas en enseñar a las personas cómo llevar una vida moral. En Japón no existía una institución equivalente encargada de inculcar ese sentido de la moralidad y, como consecuencia, Kano Sensei inventó el judo como una forma de educación física que incorporaba un método de formación moral. Mientras desarrollaba esta idea, los estudiantes japoneses se encontraban sometidos a enormes exigencias académicas y muchos enfermaban. Un gran número moría por enfermedades pulmonares. Kano Sensei reformó las antiguas escuelas de jujutsu para convertirlas en judo; es decir, transformó aquellas técnicas en una actividad deportiva para que fuese posible realizar ejercicio físico dentro de la atmósfera particular del dojo.


En el dojo existen relaciones entre mayores y menores, entre veteranos y principiantes, y muchas otras normas similares. El carácter «Do» de la palabra Budo significa «virtud» o «moralidad». Eso es lo que verdaderamente representa un dojoEs un lugar donde se cultiva la virtud mientras se entrenan técnicas marciales. Su esencia es la formación moral. Por eso Kano Sensei y aquel alumno discutían tan apasionadamente.


Por mucho que Sensei explicara su punto de vista, el otro insistía:


—Un arte tan ambiguo es inaceptable. La victoria y la derrota en judo pertenecen al deporte, mientras que el desarrollo de la personalidad pertenece al desarrollo de la personalidad. No es necesario ningún tipo de cultivo moral en el deporte. Surge de forma natural mientras se practica.


Más adelante, ese hombre obtuvo la certificación de profesor de educación física. Era extremadamente teórico. Todo aquello hizo reflexionar a Kano Sensei.


Parecía que cuando una persona practicaba únicamente judo, el arte terminaba convirtiéndose en un simple deporte. Por esa razón decidió introducir el estudio de las artes marciales clásicas dentro del Kodokan y mandó construir un dojo especial para ese propósito. Esperaba mostrar a todos las artes marciales premodernas y permitir que quienes estuvieran interesados pudieran practicarlas libremente. Pensaba que, si conseguía que comprendieran el espíritu de las artes marciales clásicas, podrían desarrollar el auténtico espíritu del budoAsí fue como creó el Kobudo Kenkyukai, la Asociación para la Investigación de las Artes Marciales Clásicas.


¿También estuvo relacionado con ese grupo?


Durante todo ese tiempo seguía viviendo en casa de Mifune Sensei y yo también sentía la necesidad de realizar un entrenamiento espiritual, por lo que me uní al grupo de investigación. Por entonces ya era segundo dan de kendo, así que comprendía el manejo de la espada, los desplazamientos y la extensión correcta de los brazos. Era completamente diferente de aquellos profesores que únicamente habían practicado judo. Por eso, cuando comencé a participar en el entrenamiento de las artes clásicas, llamé la atención de Kano Sensei.


Él me dijo:


—Tienes cualidades para convertirte en un líder.


A partir de entonces debía informarle una o dos veces al mes sobre mis progresos. Un día, mientras realizaba uno de esos informes, Sensei me dijo:


—En el futuro serás uno de los principales instructores del Kodokan.


Me quedé atónito. Por aquella época las grandes figuras docentes eran Mifune Sensei y Tokusanbo Sensei. Me preguntaba si alguna vez podría alcanzar semejante nivel.


Un día, después de presentar mi informe, Sensei me hizo una pregunta:


—¿Cómo entiendes el carácter «Ju» de la palabra Judo?


—Significa flexible o suave —respondí.


—¿Crees que se puede practicar judo solamente siendo flexible o suave? —replicó inmediatamente.


Aquello me dejó sin respuesta. Por supuesto, si uno fuera únicamente blando, perdería siempre.


Entonces Sensei continuó:


—Lo que tú haces no es judo sino godo (camino duro), y eso no sirve. Dentro de la flexibilidad existe la rigidez y dentro de la rigidez existe la flexibilidad. El jujutsu es el camino de controlar lo que llamamos dureza y suavidad mediante la combinación de ambos conceptos fundamentales.


Yo tenía entonces solamente veintiún años. Escuchaba con la sensación de comprender algo de lo que decía y, al mismo tiempo, de no comprenderlo realmente. Como el concepto de «Ju» es algo muy racional, se trata de una idea profundamente intelectual.


¿Nos hablaría de su relación con Kano sensei?


En una ocasión participé en un torneo de judo en la Universidad Nihon. Salí a competir y gané. Aquella misma tarde hubo otra competición en la Universidad Meiji y también la gané. Allí estaba yo, con dos medallas obtenidas en un solo día. Todavía era un muchacho y estaba realmente feliz por ello, tanto que olvidé por completo que tenía una cita con Kano Sensei ese mismo día y corrí directamente a casa.


Cuando llegué, mi hermana me preguntó:


—¿No habías prometido ir a casa de Sensei?


Salí disparado y subí al tren de regreso a la ciudad. No fue hasta entonces cuando me di cuenta de que había olvidado mi cartera. Con la cabeza baja conseguí que el revisor me dejara pasar aquella vez, pero el problema era que tenía que cambiar de tren durante el trayecto. Cuando todavía no sabía que no llevaba dinero, subir al tren era algo natural. Sin embargo, ahora sabía perfectamente que no podría pagar el billete, así que me costó muchísimo reunir el valor necesario para subir. Dudé durante un rato y finalmente expliqué toda la situación al nuevo revisor. Afortunadamente, tuvo la amabilidad de dejarme viajar. Jamás olvidaré aquella horrible sensación.


De todos modos, corrí hacia la casa de Sensei y llegué a mi cita de las dos de la tarde aproximadamente a las cuatro y media. Sensei era un hombre extremadamente ocupado. Era de esas personas que organizan su jornada segundo a segundo, por lo que estaba muy preocupado pensando en la reprimenda que iba a recibir. Con esos pensamientos me dirigí a verlo. Kano Sensei tenía entonces setenta años. Cuando oyó que finalmente había llegado, se puso un hakama para recibirme. De hecho, se cambió a una vestimenta más formal solamente para recibir a un alumno cincuenta años más joven que él.


Me observó durante unos segundos y luego preguntó:


—¿Estás enfermo?


Entonces le expliqué que acababa de ganar dos medallas.


Probablemente había cierto orgullo en mi voz porque el tono de Sensei cambió por completo.


—¿Qué crees exactamente que son estos torneos?


Yo había ganado, así que no podía entender por qué no estaba contento.


Continuó:


—La palabra shiai se escribe con caracteres que significan «probar juntos». Los combates existen para que puedas medir los límites de tu propia fuerza en un momento determinado. ¿Necesitas hacerlo dos veces en un mismo día?


Yo había salido simplemente a ganar. No había pensado en absoluto en poner a prueba mi fuerza.


Sensei continuó:


—Tienes una comprensión equivocada del judo. La competición no es un juego para divertirse. Con esa actitud jamás llegarás a ser un buen instructor.


Aunque existía una enorme diferencia de edad entre Kano Sensei y yo, ya había comenzado a educarme sobre cómo debía convertirse uno en instructor.


Entrenamiento en Katori Shinto ryu


Por aquella misma época también entrenaba Katori Shinto ryu. Este arte incluía espada, bastón largo (Bo), naginata, lanza, espada corta, dos espadas empleadas simultaneamente, técnicas de jujutsu. Además seguía practicando kendoIba de dojo en dojo entrenando entre cinco y seis horas diarias. Asistía regularmente a cuatro o cinco dojos diferentes. Además, antes del desayuno estudiaba algo llamado Shindo Muso ryu Jojutsu. Me volví fuerte muy rápidamente.


El encuentro entre Kano y Ueshiba


Fue aproximadamente en esa época cuando Kano Sensei asistió a una demostración de Ueshiba Sensei invitado por el almirante naval Isamu TakeshitaKano Sensei quedó profundamente impresionado. Le dijo a Ueshiba Sensei que le gustaría que educara a algunos de sus propios alumnos si se los enviaba a entrenar a su dojo. Así fue como terminé siendo enviado allí. Al principio simplemente lo consideré una actividad más añadida a mi ya cargado programa de entrenamiento.


Kano Sensei nos dijo:


—Hace unos días tuve la oportunidad de ver personalmente las técnicas de un maestro de jujutsu llamado Ueshiba. Fue algo realmente maravilloso. Sentí que aquello era la auténtica técnica del judo. Me gustaría traer a Ueshiba aquí para enseñar en el Kodokan, pero él ya es un maestro famoso por derecho propio y eso resulta imposible. Por eso he organizado el envío de algunos de nuestros miembros para que entrenen con él. Mientras hablaba me hizo una señal con los ojos indicándome que quería que fuera yo. Al final fuimos un hombre llamado Takeda y yo.


Primeros días con Ueshiba


Eso ocurrió en 1930. Por entonces Ueshiba Sensei todavía no tenía un dojo propio y enseñaba en la sala de estar de una casa particular en la zona de Mejiro, en TokioPoco después de que comenzáramos a entrenar allí, todos nos trasladamos al recién terminado dojo de Ushigome (el lugar donde hoy se encuentra el Hombu Dojo). Cuando el nuevo dojo estuvo terminado ya estaban allí: Hajime Iwata, de la prefectura de Aichi; Tsutomu Yukawa, que aún era muy joven y algunos otros practicantes. En total habría unas cinco o seis personas.


Ueshiba Sensei me dijo a mí, que era el recién llegado:


—Estos uchideshi todavía son muy jóvenes. Te agradecería mucho que los supervisaras.


Yo tenía entonces unos veinticuatro años.


Al escuchar aquello fui a hablar con Kano Sensei.


Le dije:


—Ueshiba Sensei me valora mucho. Probablemente obtendré el menkyo kaiden en muy poco tiempo. ¿Qué piensa de que me haya pedido vivir con él y actuar como una especie de supervisor encargado de vigilar a los alumnos más jóvenes?


Kano Sensei respondió:


—Dicen que no existen licencias completas para los alumnos externos, así que supongo que está bien. Solo asegúrate de seguir entregándome tu informe mensual.


Con eso obtuve su permiso. La única condición era que continuara asistiendo a las clases del grupo de investigación de artes marciales clásicas.


Asistente directo de Ueshiba


Así fue como me convertí inmediatamente en uno de los asistentes de Ueshiba Sensei. Y les diré algo: Ueshiba Sensei nunca me enseñó directamente diciéndome «haz esto» o «haz aquello». Cuando mostraba una técnica nueva, corregía individualmente a todos los demás, pero nunca me corregía a mí. Yo simplemente observaba la técnica y la reproducía. Sensei decía que yo era la persona por la que menos debía preocuparse. Observaba y comprendía. La razón era que ya había practicado muchas otras artes marciales y podía ejecutar las técnicas con facilidad.


La propuesta para convertirme en yerno adoptivo de Ueshiba


Un día el almirante Takeshita me llamó. Quería informarme de que Ueshiba Sensei estaba interesado en convertirme en su yerno adoptivo. Es decir, quería que me casara con su hija y adoptara el apellido Ueshiba. ¿Y qué se suponía que debía hacer?.


En Katori Shinto-ryu ya me habían propuesto exactamente lo mismo.


Además, el presidente de una empresa farmacéutica que vivía detrás de la casa de mi hermana había viajado hasta mi hogar en la prefectura de Shizuoka para pedir a mi familia que me integrara en la suya mediante matrimonio.


La verdad es que apenas tenía experiencia hablando con mujeres que no fueran mis propias hermanas. Mucho menos había pensado en casarme. Por eso terminé rechazando las tres propuestas.


Enfermedad y regreso a Shizuoka


Fue aproximadamente en aquella época cuando enfermé gravemente. Simplemente había trabajado demasiado. Dejé de entrenar durante aproximadamente un mes y me dediqué únicamente a dormir. Kano Sensei se preocupó enormemente por mí. Llegó incluso a llamar personalmente a un hospital para gestionar mi ingreso y estaba dispuesto a que el Kodokan asumiera todos los gastos. Sin embargo, mi hermano vino desde Shizuoka para llevarme de vuelta a casa. Expresé mi profundo agradecimiento a Kano Sensei por su enorme generosidad y abandoné Tokio. Ingresé en el Hospital Municipal de Shizuoka y permanecí allí tres meses. Los médicos quedaron sorprendidos por la rapidez de mi recuperación. Sufría pleuresía y tuberculosis pulmonar. Sin embargo, cada día el médico decía que podía ver cómo mejoraba con extraordinaria rapidez.


Ese mismo año, mi hermano y algunas otras personas habían construido un dojo en el centro de la ciudad. Creo que temían que, si regresaba a Tokio, acabaría muriendo. En cualquier caso, decidimos que, cuando saliera del hospital, comenzaría poco a poco enseñando a los jóvenes de la ciudad mientras continuaba recuperándome. Cuando Ueshiba Sensei se enteró de todo aquello, él, el almirante Takeshita, el general Miura, Shunnosuke Enomoto Sensei, Yasuhiro Konishi Sensei y otros tuvieron la amabilidad de desplazarse hasta allí para asistir a la ceremonia de inauguración del dojo.


Después de eso, todos los meses, cuando Ueshiba Sensei viajaba a Kioto para enseñar en el dojo de la religión Omoto, hacía una parada en mi dojo tanto a la ida como a la vuelta. Hubo ocasiones en las que permaneció allí dos e incluso tres días. Realmente me apreciaba mucho. Sensei tendía a quedarse y retrasar su regreso a casa, hasta el punto de que algunas veces su hijo, Kisshomaru, tenía que venir a buscarlo. Así de cómodo se sentía en mi dojo.


Fue aproximadamente en aquella época cuando me entregó los pergaminos del menkyo kaiden (licencia de maestro transmisor). Uno de ellos mide aproximadamente dos metros de longitud y el otro unos tres metros. El más largo lleva por título:


«La autodefensa del Daito ryu Aiki Jujutsu».


El otro contiene la inscripción:


«Las enseñanzas más profundas del Daito ryu Aiki Jujutsu».


No creo que exista hoy ninguna otra persona viva que haya recibido este tipo de certificados de manos de Ueshiba Sensei. Tomiki Sensei recibió sus pergaminos solamente un poco antes que yo.


Sobre Tomiki Kenji


De hecho, hace apenas unos días estuvo aquí uno de los alumnos de Tomiki Sensei y hablamos de muchas cosas. Tomiki Sensei y mi hermano habían nacido el mismo día del mismo año, por lo que se hicieron amigos muy íntimos.


Personalmente, yo nunca tuve una relación tan cercana con él. Había practicado aikido durante unos cinco años antes de que yo comenzara, por lo que era claramente mi superior en antigüedad dentro del arte. Además, era una persona académica y aprendí muchas cosas a través de sus escritos.


Sin embargo, si considero que algo es un error, soy el tipo de persona que lo dice abiertamente. A menudo hablaba con mucha franqueza incluso con Ueshiba Sensei. Después, cuando me reprendían por ello, reflexionaba de nuevo sobre el asunto.


Las discusiones con Tomiki


Para ser completamente sincero, superé a Tomiki Sensei en dos discusiones importantes. La primera fue sobre la manera correcta de desenvainar una espada. Mientras mostraba cómo hacerlo, corregí lo que consideré un método equivocado. La segunda tuvo relación con sus esfuerzos por transformar las artes marciales en deportes.


Le dije:

—Sensei, usted habla de convertir las artes marciales en deporte, pero yo no tengo ninguna intención de hacer algo así.


Él respondió:


—Pero si no las convertimos en deportes, el aikido terminará marchitándose y desapareciendo.


Mis opiniones son exactamente las contrarias. Yo creo que el día en que las vías marciales japonesas se conviertan en deportes será el día en que mueran. Los deportes ponen el énfasis en la diversión de ganar y perder. Incluso la educación física ocupa un lugar secundario. Están completamente desprovistos de formación del carácter. Eso no es lo que representan las artes marciales. Si el río de las artes marciales japonesas desemboca en el océano de las actividades deportivas, quedará contaminado por el agua salada antes de haber recorrido siquiera cien metros.


Kano y Ueshiba contra la deportivización


Tanto Kano Sensei como Ueshiba Sensei insistían en que el método educativo de las artes marciales nunca debía transformarse en una especie de juego.


El famoso historiador Arnold Toynbee escribió algo parecido a lo siguiente: 


«La civilización nace en un país concreto. Pero cuando crece gradualmente, se expande y se convierte en un fenómeno mundial, deja de existir en el país que la vio nacer. Además, nunca regresa a su lugar de origen. Éste es un hecho de la historia.»


El budismo en la India, el cristianismo en Israel y el confucianismo en China son buenos ejemplos. Esto es algo que debemos vigilar en relación con las artes marciales. Si el aikido o el judo pasan a formar parte del mundo del deporte, inevitablemente se distraerán con juegos de vencedores y vencidos, fuertes y débiles. Su valor como educación espiritual y formación del carácter se perderá. Las artes marciales se extinguirán. Es positivo que las artes marciales japonesas se difundan por todo el mundo, pero nunca deberían quedar dominadas por el espíritu deportivo del juego.


Formación del carácter y delincuencia juvenil


Si las artes marciales no ponen un fuerte énfasis en la formación del carácter, eso solo servirá para generar conductas problemáticas, especialmente entre los jóvenes. Cuando expliqué estas ideas a Tomiki Sensei, no pudo responderme. No dijo nada. Actuó como si no mereciera la pena discutir con alguien tan terco como yo. Parecía pensar que, mientras los jóvenes siguieran practicando, todo iría bien. Uno de los factores que contribuyen a la delincuencia juvenil aparece cuando un joven abandona el grupo de amigos de un equipo deportivo. Sin embargo, los entrenadores solo se interesan por entrenar a los miembros del equipo y por ganar o perder. No prestan atención a quienes abandonan porque su única preocupación es la victoria. En el deporte no hay lugar para los más débiles o los menos competentes.


Personalmente, preferiría ver el proceso contrario: Que los distintos deportes se transformaran en artes marciales. Así estarían más orientados al desarrollo espiritual y a la prevención de las conductas antisociales. Deberían preocuparse más por formar jóvenes que no den problemas a sus padres, que se lleven bien con sus hermanos y que contribuyan a mejorar las relaciones entre maridos y esposas.


Amor, odio y armonía


Si hablas de «amor», debes reconocer también su opuesto: el «odio». Por otra parte, cuando hablamos de armonía, nos referimos a algo que incluye la razón. El amor es una emoción y no puede sostenerse por sí solo. Debe estar firmemente unido a la etiqueta correcta (reigi). El amor debe incluir una conducta apropiada.


Existe un antiguo dicho japonés: 


«Incluso entre los mejores amigos prevalece la etiqueta correcta.»

 

Esto también es necesario entre los matrimonios. Todo comienza con un simple «buenos días» cada mañana. Últimamente la etiqueta correcta ha sido reemplazada por las emociones. Las parejas creen que mientras ambos estén satisfechos, todo está bien. Eso es lo único que importa. Pero en el mundo real no se puede vivir de esa manera.


Según un antiguo refran japonés: 


«Si observas cuidadosamente el carácter que representa a la persona, verás que está formado por dos trazos mutuamente dependientes.»


Los seres humanos son animales sociales. Podemos comer arroz porque existen agricultores. Sin ellos tendríamos que producir nuestros propios alimentos. En otras palabras, nos ayudamos mutuamente. La idea de que solo existimos «tú y yo» es errónea.


La armonía según Mochizuki


La armonía está compuesta tanto por emoción como por razón. Esa es la verdadera naturaleza de la armonía. Las artes marciales enseñan etiqueta, respeto y razonamiento. También enseñan la manera correcta de dirigir el espíritu. En los países occidentales estos valores se enseñan en las iglesias.


Hace treinta años estuve en Francia durante dos años y medio enseñando judo. Un día organizamos unos entrenamientos especiales para preparar una competición y les dije a los alumnos que también acudieran a entrenar el domingo. Sin embargo, me explicaron que no podían venir porque tenían que ir a la iglesia.


Aquello me sorprendió enormemente.


No pensaba que los jóvenes fueran a la iglesia.


Les pregunté:


—¿No os aburrís escuchando siempre las mismas historias sobre Dios?


Me respondieron:


—Sensei, los seres humanos somos animales olvidadizos.


Pensé:


—Ya veo.


Yo mismo olvidaba a veces las enseñanzas de mis maestros y de los kami (espíritus de dioses), y discutía con mi esposa y con mis hermanos.


Olvidadizos...


Realmente creí que tenían razón.


Me sentí avergonzado de mí mismo y empecé a reflexionar sobre mi propia conducta.


Tenemos que escuchar frecuentemente las historias acerca de los kami porque los seres humanos olvidamos.


Entonces, por primera vez, comprendí por qué Kano Sensei insistía tanto en la importancia del «Camino» mientras enseñaba judo y por qué Ueshiba Sensei hablaba con frecuencia de los kami cuando enseñaba aikido.


Sentí que ese era el verdadero significado de las artes marciales.


(Continuará)


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