por Ricardo Sanz Orús
La entrevista a Minoru Mochizuki (1907 - 2003), 10º dan de Aikido, fundador del Yoseikan Budo clásico, realizada por Aiki News el 22 de noviembre de 1982, no debe leerse únicamente como el testimonio biográfico de un gran maestro de las artes marciales japonesas, sino como una reflexión profunda sobre el verdadero sentido del Budo. A lo largo de sus palabras aparece una idea central: las artes marciales no nacieron para producir campeones, alimentar la vanidad competitiva o reducirse al simple resultado de ganar y perder, sino que fueron creadas para formar seres humanos. Para Mochizuki, la práctica marcial auténtica debía desarrollar el carácter, la disciplina, la moral, el autocontrol, la cortesía y la armonía social. Desde esta perspectiva, Jigoro Kano no habría transformado el jujutsu en judo con la intención de crear un mero deporte, sino, como en sus propios escritos se puede leer, un método de educación física y moral destinado a fortalecer a los jóvenes, mejorar su salud, corregir su conducta y formar mejores ciudadanos. La competición, por tanto, no era el fin, sino una herramienta pedagógica para medir el propio progreso.
Esta visión explica la crítica severa de Mochizuki hacia la deportivización del aikido, del judo y de las vías marciales japonesas. A su juicio, cuando el budo queda absorbido por la lógica deportiva competitiva, corre el riesgo de perder su alma: la atención se desplaza hacia la victoria, la derrota, la superioridad física y el reconocimiento externo, mientras se debilita su función esencial como camino de formación interior. El budo necesita una dimensión espiritual, entendida no necesariamente como religión institucional, sino como cultivo de valores, ética, respeto, autocontrol, reflexión constante y responsabilidad personal. En este punto, Mochizuki establece una comparación significativa con los países occidentales y, especialmente, con el ámbito cristiano, donde la Iglesia católica ha cumplido históricamente una función moral y educativa: recordar al ser humano sus deberes, enseñar virtudes, corregir la conducta y orientar la vida personal y social hacia el bien, la salvación de su alma y el encuentro con Dios. Durante su estancia en Francia, le impresionó que sus alumnos no acudieran a entrenar en domingo porque debían ir a la iglesia. Aquella experiencia le hizo comprender que el ser humano olvida con facilidad las enseñanzas morales y necesita instituciones, ritos y recordatorios constantes que lo devuelvan al camino correcto.
Según Mochizuki, en Japón no existía una institución equivalente encargada de formar moralmente a la sociedad de manera sistemática. Por eso interpreta que Kano sensei dio al judo una dimensión educativa y moral: el do, el “Camino”, debía cumplir una función semejante, formando el carácter, la conducta, la cortesía, la responsabilidad y la armonía social. En este sentido, el budo no era solo técnica ni deporte, sino una vía de educación moral. Esa educación, sin embargo, no se adquiere de forma rápida ni superficial. Mochizuki recuerda la enseñanza del Gyokushin ryu y reconoce que no llegó a comprender verdaderamente el significado del “espíritu esférico” hasta después de los cincuenta años. La comprensión auténtica de un arte marcial, para él, no llega solo mediante la técnica, sino mediante una vida entera de práctica, maduración y examen interior.
Su propio recorrido confirma esta visión. Mochizuki fue discípulo cercano de figuras fundamentales como Kano Jigoro, Mifune Kyuzo y Ueshiba Morihei. Según su testimonio, vivió como asistente directo de Ueshiba, recibió el menkyo kaiden, fue considerado para convertirse en su yerno adoptivo y obtuvo dos makimono - certificados tradicionales - que, según afirma, muy pocos recibieron de manos del fundador del aikido. Pero más allá de esos reconocimientos, lo verdaderamente importante en su relato es la defensa de una idea exigente de armonía. Para Mochizuki, la armonía no es simple afecto ni sentimentalismo. El amor sin razón es insuficiente. La verdadera armonía nace de la unión entre emoción y razón, y necesita de la etiqueta, el respeto y la conducta correcta, lo que en japonés se expresa como reigi. Sin esa forma moral, las relaciones humanas se deterioran.
Por ello, Mochizuki sensei entiende que las artes marciales deberían servir para prevenir la delincuencia, mejorar la convivencia y fortalecer la vida familiar y social. El verdadero éxito del budo no consiste en formar vencedores de torneos, sino personas capaces de respetar a sus padres, convivir mejor con sus hermanos, ser útiles a la comunidad, controlar sus impulsos y vivir con responsabilidad - en su propio dojokun o normas internas de su escuela así lo exponía -.
Esta entrevista, por tanto, no es solo una memoria histórica sobre los orígenes del aikido, el judo o el Yoseikan, sino una advertencia: cuando las artes marciales olvidan su dimensión moral y espiritual, conservan la forma exterior de la técnica, pero pierden aquello que les daba sentido.
Entrevista a Minoru Mochizuki Sensei, realizada por Stanley Pranin para Aiki News en el Yoseikan Dojo de Shizuoka el 22 de noviembre de 1982. Publicada posteriormente en Aiki News en 1983 y reeditada digitalmente por Aikido Journal.



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